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Dic 31

La Naturaleza como espejo resonante

  • 31 diciembre, 2025
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  • Ecopsicología, Ecopsicoterapia

Por Marian Ríos – Ecopsicóloga, Magister en Antropología Social. Representante IES Colombia

Ecopsicología, inconsciente ecológico y práctica ecopsicoterapéutica

Encuentro con lo más que humano, por Marian Rios
Encuentro con lo más que humano, por Marian Rios

Desde la práctica ecopsicológica, sostengo que el encuentro con la naturaleza —especialmente con la naturaleza salvaje— no constituye una experiencia neutral ni meramente restaurativa. Estar con la Tierra viva activa procesos profundos de resonancia psíquica que alcanzan capas arcaicas del psiquismo humano. No solo observamos la naturaleza: somos observados por ella, interpelados desde un nivel que antecede al lenguaje y a la conciencia reflexiva. Este “ser observados” no implica una proyección pasiva, sino la activación de un campo relacional donde cuerpo, psique y territorio entran en mutua afectación.

La ecopsicología ha señalado que existe un inconsciente ecológico, una dimensión de la psique donde se conserva la memoria evolutiva de nuestra pertenencia a la Trama de la Vida (Roszak, 1992). Cuando el cuerpo se expone a entornos no domesticados —bosques antiguos, desiertos, mares abiertos, territorios en descomposición o regeneración— ese inconsciente se activa, revelando imágenes, emociones y arquetipos que no emergen fácilmente en contextos urbanos o excesivamente controlados. Estas resonancias no surgen como contenidos simbólicos aislados, sino como experiencias encarnadas que anteceden a la interpretación.

En este marco, propongo comprender la naturaleza no únicamente como escenario terapéutico, sino como espejo resonante y, simultáneamente, como refugio: un campo vivo que refleja, contiene y sostiene procesos de desorganización, duelo e integración biopsíquica. El espejo resonante no opera como metáfora proyectiva, sino como un dispositivo relacional donde la psique humana entra en contacto con dinámicas vivas que la exceden y la configuran.

Montañas antioqueñas por Koru Transformación

Las montañas, con su grandeza inmóvil y sus senderos sinuosos, nos hablan de escala, de humildad y de orientación. ¿Qué dice de mí la montaña que me intimida o me convoca? ¿Qué parte de mi conciencia busca altura, y cuál teme el vértigo? La mariposa, en cambio, devuelve la imagen de la transformación: alas frágiles, colores intensos, una metamorfosis que no omite la oscuridad del capullo. Y el gusano —tan sencillo en apariencia— recuerda la complejidad de la vida que se arrastra, digiere, transforma y prepara lo que aún no puede volar.

Resonancia y revelación de la sombra

Este contacto con la naturaleza viva no despierta únicamente sensaciones de bienestar. Con frecuencia despierta la sombra. La naturaleza salvaje confronta aquello que las sociedades modernas han reprimido, negado o expulsado: la muerte, la putrefacción, la dependencia, la lentitud, el caos, la fragilidad. En este sentido, lo salvaje no es sinónimo solamente de lo bello, sino de lo no integrado: aquello que se resiste a ser ordenado según los parámetros de la racionalidad productivista y del control moderno.

En palabras de Ailton Krenak (2019), la separación contemporánea entre humanidad y naturaleza no solo ha devastado los ecosistemas, sino también nuestra capacidad de sentir, de vincularnos y de imaginar futuros compartidos. La crisis ecológica es, al mismo tiempo, una crisis de sentido y de relación.

Desde cosmovisiones originarias, Abadio Green (2023) recuerda que la Tierra no es un objeto que se observa, sino un sujeto con el que se conversa. La enfermedad, el conflicto y el desequilibrio emergen cuando esa conversación se rompe y se pierde la escucha profunda del territorio. En un registro convergente, Bayo Akomolafe (2017) propone abandonar las respuestas rápidas y las soluciones técnicas, invitándonos a quedarnos con las preguntas que la Tierra nos formula y a reaprender una sensibilidad relacional más lenta y humilde.

La naturaleza, como espejo resonante, no devuelve una imagen idealizada de armonía, sino una cartografía completa de la vida: lo vivo y lo muerto, lo fértil y lo estéril, lo bello y lo perturbador. Nos muestra simultáneamente la herida, el veneno y la medicina (Ríos, 2025). Aquello que puede destruir también puede sanar; aquello que enferma en una dosis, cura en otra. Esta lógica no es metafórica: está inscrita tanto en los procesos ecológicos como en los procesos psíquicos (Shepard, 1998).

Liquen y Mariposa, por Marian Rios

No siempre son los grandes símbolos —el árbol majestuoso o la montaña imponente— los que generan mayor impacto transformador. En mi experiencia clínica y formativa, son a menudo los seres y procesos marginales los que activan las resonancias más profundas. El liquen, por ejemplo, ese organismo híbrido que no es ni hongo ni alga, sino una cooperación radical entre ambos, confronta directamente la noción moderna de individuo autónomo. El liquen no existe en soledad; es relación encarnada. Su sola presencia cuestiona los ideales de autosuficiencia que sostienen gran parte del malestar contemporáneo.

Hongos en Abya Yala, Por Marian Ríos

De manera similar, los hongos descomponedores —aquellos que trabajan sobre la materia muerta— confrontan el valor psíquico de la descomposición. Allí donde la cultura ve fracaso, suciedad o final, la vida ve transformación. La psique humana, sin embargo, ha sido entrenada para temer la pérdida, el duelo y la disolución. El encuentro consciente con estos procesos naturales permite resignificar el colapso personal o colectivo como umbral, no como patología.

También los animales nocturnos —murciélagos, búhos, insectos crepusculares— activan imágenes asociadas a lo reprimido y a lo liminal. Lo que se mueve en la oscuridad suele despertar miedo, pero también contiene información esencial. Desde una lectura ecopsicológica, la noche no es ausencia de conciencia, sino otro tipo de conciencia, una que no se rige por la visibilidad constante ni por el control.

Esta cartografía vital contrasta con el relato cultural dominante, que privilegia únicamente la luz, el crecimiento y la productividad, dejando fuera grandes porciones de la experiencia humana. Comprender la naturaleza como espejo resonante implica aceptar que no todo lo que ella refleja será cómodo o tranquilizador. Pero es precisamente en esa incomodidad donde se abre una posibilidad genuina de transformación. Al permitir que la Tierra nos muestre nuestra sombra, también nos ofrece los recursos para integrarla. La ecopsicología se sitúa así como un campo de mediación: entre psique y biosfera, entre herida y medicina, entre colapso y regeneración.

Desde esta perspectiva, el encuentro con la naturaleza no es una experiencia proyectiva simple, sino un campo relacional complejo donde la psique humana entra en resonancia con múltiples niveles de la conciencia viva de la Tierra. La naturaleza no solo refleja: resuena, contiene y refugia. Gaia no aparece únicamente como espejo —a veces implacable— sino también como espacio de sostén, capaz de albergar procesos de desorganización, duelo y reconfiguración psíquica.

Resonancia y niveles de conciencia ecológica

La experiencia ecopsicológica profunda permite identificar tres niveles de resonancia que no operan de forma jerárquica ni lineal, sino simultánea e interdependiente: la conciencia inmanente, la conciencia ascendente y la conciencia relacional (o conciencia del entre).

  • Resonancia inmanente: cuerpo, materia y pertenencia

La resonancia inmanente se activa en el nivel somático, sensorial y biológico. Es la conciencia que emerge cuando el cuerpo recuerda que pertenece. Aquí, la naturaleza no “significa” algo: se siente. Apoyar la espalda en una roca tibia, sincronizar la respiración con el vaivén del agua o percibir el crecimiento casi imperceptible de los líquenes despierta una memoria pre-verbal de seguridad primaria, anterior a la identidad individual.

En esta capa, Gaia actúa como refugio somático, ofreciendo una base reguladora fundamental en contextos de trauma relacional y ecológico (Buzzell & Chalquist, 2009). Roszak (1992) ya señalaba que el inconsciente ecológico se expresa primero como sensación de hogar corporal antes que como elaboración simbólica.

Antes de toda elaboración consciente, el diálogo con la Tierra acontece en el lenguaje silencioso de los procesos orgánicos. El cuerpo humano, como sistema vivo, reconoce en la naturaleza ritmos, dinámicas y patrones que le son familiares. Esta resonancia no es metafórica: es fisiológica, afectiva y relacional.

Líneas por Marian Ríos

Desde la ecopsicología, el cuerpo puede entenderse como un territorio natural interior, atravesado por ciclos de expansión y contracción, asimilación y eliminación, activación y reposo, catabolismo y anabolismo. Al exponerse a entornos naturales vivos, estos procesos se sincronizan con los ritmos del entorno, reactivando una memoria somática profunda que antecede a la cultura.

El corazón es uno de los primeros órganos en entrar en resonancia con el entorno natural. La variabilidad de la frecuencia cardíaca —indicador clave de regulación autonómica— tiende a estabilizarse en contacto con paisajes vivos, sonidos naturales y movimientos rítmicos del entorno. No se trata solo de relajación, sino de coherencia rítmica. El latido encuentra eco en el oleaje, en el vaivén del viento, en el paso constante de los ciclos día–noche. Esta resonancia devuelve al sujeto una sensación primaria de pertenencia: mi ritmo no está solo. En términos ecopsicológicos, el corazón reconoce a Gaia como campo regulador, un refugio que sostiene sin exigir.

La digestión es un proceso profundamente relacional: implica recibir lo externo, transformarlo y decidir qué se integra y qué se descarta. En contextos de desconexión ecológica, este proceso suele verse afectado —tanto a nivel fisiológico como simbólico— manifestándose en dificultades para “digerir” experiencias, emociones o cambios vitales. El contacto consciente con la naturaleza activa imágenes y sensaciones asociadas a la lentitud, la masticación, la fermentación y el tiempo necesario para que algo se transforme. Observar el trabajo invisible del suelo, los procesos de compostaje o la acción de los hongos digestores permite que la psique reconecte con una lógica no acelerada del metabolismo vital. Aquí, la naturaleza actúa como espejo resonante de la sabiduría del límite: no todo se incorpora, no todo se rechaza.

El metabolismo —entendido no solo como proceso bioquímico, sino como dinámica de intercambio energético— refleja de manera directa la relación del individuo con su entorno. La naturaleza muestra continuamente que la vida no es acumulación, sino circulación. Nada permanece fijo: todo se transforma. La exposición a paisajes en regeneración, zonas de transición ecológica o ciclos estacionales marcados permite que el cuerpo recuerde que el equilibrio no es estático, sino dinámico. Este reconocimiento resulta especialmente relevante en procesos terapéuticos donde existe rigidez, agotamiento crónico o estados de hiperactivación. La naturaleza no propone control, sino ajuste continuo.

La respiración es el gesto más inmediato de intercambio con el mundo más-que-humano. Cada inhalación incorpora lo que los bosques, mares y suelos producen; cada exhalación devuelve algo a la atmósfera compartida. En este sentido, respirar es un acto ecológico. En contextos naturales, la respiración tiende espontáneamente a profundizarse, no por instrucción, sino por resonancia ambiental. Esta co-regulación respiratoria restablece un sentido básico de seguridad y continuidad, fundamental en el trabajo con trauma. La respiración se convierte así en un puente directo entre cuerpo, territorio y conciencia.

  • Resonancia ascendente: arquetipo, sentido y orientación existencial

La resonancia ascendente se activa cuando la experiencia con la naturaleza comienza a organizarse simbólicamente, movilizando imágenes arquetípicas, intuiciones de sentido y aperturas transpersonales. No surge como una huida de lo corporal, sino como una expansión que se apoya en la base inmanente previamente activada. El cuerpo regulado permite que el significado emerja sin forzarse.

En esta capa, la naturaleza no solo se siente: habla en imágenes vivas. El vuelo circular de los buitres, por ejemplo, activa una comprensión no intelectual del tránsito entre vida y muerte. Estas aves, asociadas culturalmente a la descomposición, revelan una pedagogía profunda: aquello que muere no desaparece, sino que se transforma y sostiene la continuidad de la vida. La muerte deja de ser interrupción para convertirse en paso, umbral y función ecológica.

Datura Estramonio por Marian Ríos

De manera similar, la floración nocturna de ciertas plantas —que solo se abren en la oscuridad para ser polinizadas— ofrece una imagen potente para procesos psíquicos que requieren sombra, silencio y tiempo no visible para gestarse. Aquí, la oscuridad no es negación, sino condición de posibilidad. Estas imágenes no niegan la sombra; la integran en una visión más amplia de la vida.

La resonancia ascendente no promete salvación ni trascendencia escapista. Ofrece orientación simbólica, una brújula existencial que recuerda al sujeto que su experiencia individual forma parte de un entramado mayor. En palabras de Krenak (2019), recuperar esta dimensión es esencial para restaurar la capacidad humana de imaginar futuros habitables, más allá del colapso del imaginario moderno.

Desde la ecopsicología, esta resonancia permite acompañar crisis de sentido, duelos profundos y transiciones vitales sin imponer narrativas prefabricadas. El significado no se interpreta: emerge en diálogo con el territorio y sus símbolos vivos.

  • Resonancia relacional: conciencia del entre y co-regulación viva

La resonancia relacional —o conciencia del entre— emerge en el espacio donde lo humano siendo naturaleza se relaciona con lo más que humano desde una visión de agencia bidireccional. Es una conciencia que se manifiesta en la relación misma, en los procesos de co-regulación, reciprocidad y límite compartido.

Rios subterráneos, por Marian Rios

Un ejemplo especialmente elocuente de esta resonancia aparece al observar los ríos subterráneos: corrientes invisibles que sostienen la vida en la superficie sin ser vistas. Esta imagen resuena profundamente con procesos psíquicos invisibilizados por la cultura dominante: cuidados no reconocidos, duelos silenciados, trabajos afectivos que sostienen comunidades sin ser nombrados. La vida se mantiene gracias a lo que no ocupa el centro.

En esta capa, la naturaleza no se presenta solo como espejo ni únicamente como refugio, sino como relación viva que responde, limita y co-regula. El bosque que obliga a ralentizar el paso, el río que no puede cruzarse sin atender a su fuerza, la selva que exige escucha constante: todos ellos introducen un límite relacional que desarma la fantasía de control y autosuficiencia.

Arbol quemado en el Bioma Cerrado, Brasilia, por Marian Rios

La resonancia relacional es especialmente relevante en procesos de sanación colectiva y comunitaria, donde el malestar no pertenece a un individuo aislado, sino a un entramado de relaciones dañadas. Aquí, la ecopsicoterapia no busca resolver, sino sostener el entre, permitiendo que la relación misma se reordene.

Akomolafe (2017) invita precisamente a habitar este espacio sin apresurarnos a cerrarlo, reconociendo que la incertidumbre no es un fallo del proceso, sino una maestra. En esta conciencia del entre, el saber no se posee: se co-crea. La sanación no se impone: emerge del vínculo.

La naturaleza como espejo resonante en tiempos de pérdida y transición planetaria

El marco del espejo resonante y del refugio que ofrece la naturaleza adquiere una relevancia particular en el contexto actual, marcado por la crisis climática, la pérdida acelerada de biodiversidad y la degradación de los territorios. Estas transformaciones no solo afectan a los ecosistemas, sino que impactan profundamente la psique humana, dando lugar a experiencias que hoy nombramos como eco-duelo y trauma ecológico.

Abya Yala por Marian Rios

El eco-duelo se manifiesta como una respuesta emocional y existencial ante la pérdida —real o anticipada— de especies, paisajes, modos de vida y futuros posibles. No se trata de un duelo privado, sino de un duelo relacional y planetario, que emerge precisamente porque existe un vínculo previo con la Tierra. Desde una perspectiva ecopsicológica, el eco-duelo confirma que la separación moderna entre humanidad y naturaleza nunca ha sido completa.

La naturaleza, como espejo resonante, no solo despierta el dolor: lo legitima. Un bosque talado, un río contaminado o un territorio devastado devuelven una imagen que confronta directamente la herida colectiva.
Cuando este dolor no encuentra espacios de reconocimiento social y ritual, tiende a internalizarse como ansiedad, desesperanza o desconexión afectiva.

Aquí, Gaia vuelve a operar también como refugio: ciertos entornos naturales —especialmente aquellos que conservan dinámicas de regeneración— permiten que el duelo se exprese sin patologizarse. El llanto ante un paisaje herido no es un síntoma individual, sino una respuesta coherente a una pérdida compartida.

El trauma ecológico puede entenderse como la experiencia de una ruptura profunda en la relación de confianza con el mundo vivo. A diferencia del trauma clásico, que suele tener un origen interpersonal identificable, el trauma ecológico es difuso, acumulativo y transgeneracional. Se manifiesta cuando los sistemas que sostienen la vida dejan de ser percibidos como seguros o predecibles.

Desde este marco, la naturaleza como espejo resonante revela no solo la herida actual, sino también capas antiguas de desarraigo, colonización, expulsión territorial y violencia ambiental. La degradación del entorno activa memorias individuales y colectivas que el cuerpo reconoce incluso cuando la mente no logra nombrarlas. La función de la ecopsicoterapia no es “reparar” la Tierra ni “adaptar” al individuo a un mundo dañado, sino acompañar procesos de re-vinculación que restauren, al menos parcialmente, la sensación de continuidad con la Vida.

Implicaciones metodológicas para la práctica ecopsicoterapéutica

Desde esta comprensión, la ecopsicoterapia propone una metodología relacional y situada. La práctica prioriza entornos naturales que funcionen como base reguladora antes que como estímulo intenso: el refugio precede a la confrontación. El/la ecopsicoterapeuta acompaña la exploración de resonancias inmanentes, ascendentes y relacionales sin forzar interpretaciones prematuras.

Se integran paisajes y procesos no idealizados —descomposición, abandono, nocturnidad— como recursos terapéuticos legítimos, especialmente en procesos de trauma y eco-duelo. La intervención se adapta al territorio específico, reconociendo que cada ecosistema ofrece pedagogías propias. No hay prácticas universales, sino respuestas situadas.

Abrazo de Gigantes por Marian Rios

La práctica incluye gestos de devolución a la Tierra, evitando su instrumentalización como “recurso terapéutico”. El foco se desplaza de la interpretación simbólica inmediata hacia la escucha orgánica. La naturaleza se trabaja no como escenario, sino como co-terapeuta regulador. El sufrimiento ecológico no es disfuncional, sino indicador de vínculo. Sanar no consiste en eliminar el dolor, sino en sostenerlo relacionalmente.

En este sentido, Gaia no aparece únicamente como espejo ni solo como refugio, sino como sujeto activo en un proceso de mutación planetaria. Escuchar lo que la Tierra nos devuelve —en forma de duelo, miedo, belleza o esperanza— es parte esencial del trabajo psíquico y colectivo que estos tiempos demandan.

Sanar no consiste en corregir, sino en re-sintonizar: con el cuerpo, con el territorio y con la trama viva de la que nunca dejamos de formar parte.

Comprender la naturaleza como espejo resonante y como refugio implica un giro profundo en la manera de concebir la salud mental. No se trata de usar la Tierra para sanar al humano, sino de sanar la relación. En tiempos de colapso ecológico y psíquico, la ecopsicología emerge como una disciplina de frontera, capaz de sostener la complejidad sin reducirla, y de acompañar procesos donde sombra y luz, herida, veneno y medicina, coexisten como expresiones inseparables de la Vida.

Referencias bibliográficas

  • Akomolafe, B. (2017). These wilds beyond our fences. North Atlantic Books.
  • Buzzell, L., & Chalquist, C. (2009). Ecotherapy: Healing with nature in mind. Sierra Club Books.
  • Fisher, A. (2013). Radical ecopsychology. SUNY Press.
  • Green, A. (2023). Sabiduría indígena, territorio y sanación colectiva. Entrevista en Koru Transformación .
  • Krenak, A. (2019). Ideas para posponer el fin del mundo. Caja Negra.
  • Roszak, T. (1992). The voice of the earth. Phanes Press.
  • Rios, M. (2025). Herida, Veneno y Medicina en Ecodance. Trabajo en proceso
  • Shepard, P. (1998). Coming home to the Pleistocene. Island Press.

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